Cuclillas

Por Jesús González Mendoza

Ayer me hicieron burla en el colegio, no pude evitar sonrojarme. Cuando Gabriela pasó por donde estábamos almorzando, todos empezaron a gritar cosas porque me le quedé viendo. Es muy bonita, tiene unos labios redonditos y gruesos, y los ojos le brillan por sí solos. Quiero decirle que me gusta, no sé cómo.

La clase ya me aburrió y la maestra no se calla. No hice la tarea, trato de mantener la mirada baja para que no me la pida. Gabriela se sienta dos filas delante de mí. No para de levantar la mano para participar, eso hace que me ponga más nervioso. Es bonita e inteligente. Me hace sentir tan tonto y tan feo.

—González, si no pone atención, me veré obligada a pedirle que abandone el aula.

—Eh… No, maestra; estoy poniendo atención. No volverá a pasar —Gaby voltea a verme, me pone nervioso. Me sudan las manos y la lengua se me traba.

Todos gritaban: «…Ricardo quiere a Gabriela, Ricardo quiere a Gabriela…». Me daba mucha pena, no sabía dónde ponerme. Ella no dijo nada, sólo se me quedó viendo. Sonrió. (Es hermosa cuando sonríe.) No sé si lo hizo conmigo o de mí; de todas formas, me gustó verla sonreír. Me daban ganas de golpear a todos.

Es la última clase. Hace calor, el aire acondicionado se descompuso desde hace dos meses y no lo han arreglado. No entiendo nada de la clase; no sé qué sean las procariotas, es de lo que está hablando la maestra. Esa maestra me odia.

Las piernas de Gabriela son bonitas. No sé por qué no me había dado cuenta antes de lo bonita que es, en la primaria ni siquiera me sabía su nombre. Ahora, en cambio, no dejo de pensar en ella. El color de sus piernas es liso, lo único que interrumpe ese blanco es un lunar que se alcanza a ver bajo la falda. Quisiera tocar el lunar. Quisiera sentarme delante de ella para alcanzar a ver más bajo la falda.

—Señor González, me hace el favor de retirarse del salón.

—Pero, maestra, no estaba haciendo nada.

—Si no se sale, tendré que reportarlo a la dirección.

No puedo sacar mi mochila. Tengo que esperar afuera hasta que acabe la clase. No nos podemos ir a casa hasta las dos; si no, nos reportan. Quisiera regresar al salón, ahí está Gabriela. No es justo. Me duele no poder verla. Gabriela, Gabriela, Gabriela. Qué bonito suena su nombre: se parece a las estrellas. Siempre que miro las estrellas me recuerdan a ella; y cuando el cielo está sin estrellas también me recuerda a ella, no sé por qué. Sus ojos son grandes, es difícil verlos por mucho tiempo; su mirada escarba en la de los demás, al menos en la mía.

Suena el timbre. Todos salen. Sale Gabriela, pasa frente a mí. Pretendo sonreírle y decirle «adiós». Sé que se me trabará la lengua, no importa: estoy decidido. Pasa a mi lado, me llega el aroma de su perfume. Le voy a sonreír. Se acerca el Bolas. Le voy a sonreír a Gabriela y a decirle adiós. El Bolas me toma de la cabeza y me jala con él. Me dice: «Pendejo, Richard, culero, ponte trucha». No le voy a sonreír a Gabriela, no le voy a decir adiós; pinche Bolas arruinó todo. La vida siempre es injusta conmigo. Le iba a decir adiós, estaba decidido.

—Quítate el uniforme y vente a comer.

—Mamá, hoy sacaron a Richi de la clase de Biología. Lo vi afuera del salón.

—No es cierto —volteo, con odio, a ver a mi hermano—. Salí porque la maestra me pidió que fuera por un plumón a la dirección.

Le digo a mi mamá que estoy sucio, que quiero bañarme antes de comer. Me mira sospechando algo, sonrío. Me meto a bañar. No estaba sucio. Empiezo a llorar, no lo puedo evitar. Durante todo el camino me estuve conteniendo, las lágrimas salían y tenía que quitármelas rápido. Caminé de prisa para que me dejaran solo, alegué que ya me hacía del baño. Trato de no hacer tanto ruido al llorar. Me empiezo a masturbar. Gabriela viene a mi mente mientras me la jalo; trato de quitarla de mis pensamientos, me da pena pensar en ella cuando me masturbo. Siento que es una ofensa. No puedo evitar pensar, cuando cierro los ojos, en sus piernas blancas y sus labios redondos. Tiene otro lunar bajo el ojo derecho. Sus labios son rojos, aunque no use labial. No dejo de llorar. La imagino desnuda, con las piernas abiertas frente a mí, con poco vello rubio en el pubis. Imagino los pezones rositas, redonditos, duros y puntiagudos. Me dice que me acerque y sonríe; le brillan los ojos, creo que por eso me recuerdan a las estrellas. Sus ojos son un pedazo de estrella, brillantes. Termino de jalármela y no puedo dejar de llorar. Me da pena haberla imaginado así.

—¿Llevaste tu uniforme a la ropa sucia?

—Sí.

—Ahora tú te sirves solo, ya comimos todos. No voy a estar sirviendo comida todo el día. Lavas tu plato.

Quizá le compre unas flores para decirle. O unos chocolates. No, chocolates no; no sé si le gusten. ¿Y si es alérgica a las flores? Si supiera tocar guitarra, le llevaría serenata y se enamoraría de mí.

—Ricardo, hijo, ponte a comer. ¿Vas a estar todo el día sentado ahí como bobo?

Podría escribirle una carta y dejársela en su mochila. ¿Y si no la ve?

—Mariano, quería decirte… me gusta alguien del salón. ¿Me ayudas?

—Ya era hora, Richi. Ya me estabas asustando; pensaba que no eras machín. En tu salón hay un chingo de morritas uh…

—¿Me vas a ayudar sí o no?

—¿Pues en qué quieres que te ayude?

—Es que no sé cómo decírselo.

—No lo pienses mucho. Yo nomás les digo y ya. No le des muchas vueltas.

—Estaba pensando en escribirle algo y dejárselo en su mochila.

—No, carnal, no seas joto. Las viejas no se conquistan con ese tipo de jotadas.

—Es que no sé si me vaya a animar.

—Ya te dije, Richi, tú nomás cáele y ya. Ya verás que caerá redondita. Si eres mi carnal…, eso te debe bastar de fama. Yo, a tu edad, andaba con cuatro de mi salón. Las morritas se peleaban por mí; bueno, todavía.

—¿Y es que si me dice que no?

—Tú no te agüites; que al cabo, viejas hay muchas. Mira: tú nomás le llegas cuando esté solita, por si te batea, que nadie se entere. Te diré, a mí me han bateado, pero el secreto está en que nadie se entere.

—¿Entonces lo de la carta no?

—Nel, ya te dije que ésas son jotadas. Tú cáele al chile y verás cómo cae… Y ya vete a tu cuarto; si no te duermes, mamá nos va a chingar.

Mañana se lo diré, está decidido.

Escribí algo para decírselo. No se lo daré escrito porque mi hermano dijo que eso no les gusta a las mujeres. Me lo aprendí de memoria. Ahí está, frente a mí, dos filas delante que yo. Hoy huele diferente. Antes olía a vainilla y a flores; ahora trae un perfume distinto, como el de mi madre. Ya quiero que sea el receso para decirle. Esperaré a que esté sola; si no, me le acercaré y le diré que si podemos ir a un lugar donde podamos hablar. Ya estoy decidido.

Es la primera clase. El maestro no se calla. Ella sigue como siempre: levantando la mano para participar. Me gusta su voz, es suave. Se siente acolchonada cuando entra por los oídos.

—¿No han visto a Gabriela?

—No.

Tengo que encontrarla, no es posible que haya desaparecido. ¿Y si sospecha que me le voy a declarar y se escondió por eso? Si no la encuentro, moriré; no es posible que, cuando por fin estoy decidido, no aparezca por ningún lado.

—¿Qué haces afuera de tu salón?

—Tengo hora libre. ¿Ya te le aventaste a la morrita?

—No, aún no. Es que la estoy buscando para eso.

—Ése es mi carnal.

Mi hermano va en prepa, en sexto semestre. Su receso es en cuanto termina el nuestro. Yo voy en secundaria, en primero.

—Síguela buscando, que por ahí tiene que estar. Nos vemos, que tengo un asuntillo que arreglar —me guiña el ojo—. Ya luego te enseñaré más cosas para que llegues a ser como yo.

Me estoy poniendo nervioso. Me sudan las manos. Estoy algo mareado. Me dan ganas de llorar; si no la encuentro, no resistiré más.

—¿No han visto a Gaby?

—Sí, hace como cinco minutos la vimos, iba para los baños.

Las piernas me tiemblan. Muero de la emoción y del miedo. No hay nada que me detenga. Se lo diré, ya dije. Y si me dice que no, no importa. Como dijo mi hermano: mujeres hay muchas. Aunque  muero por ella… Estoy seguro que me dirá que sí. No hay razón para que me rechace. Se lo diré y le daré un beso; nos besaremos como en las telenovelas e iremos de la mano a nuestras casas después de la escuela.

—¿No han visto a Gabriela?

—Sí, se fue para allá.

Perfecto, allá está solo. Tendremos la privacidad que se requiere. Le diré y le brillarán sus ojitos bonitos y me dirá que sí conmovida. ¿Dónde estará…? Se oyen ruidos ahí, detrás de la bodega de intendencia; ahí debe de estar, no hay ningún otro lugar, ya recorrí toda la escuela. Sí, ahí está, no hay duda.

Ahí está. Está en cuclillas, frente a mi hermano, tiene su pene en la boca y lo acaricia.

—¡Pinche Richi, ¿qué haces aquí?! ¡Vete a la chingada!

 

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Cuento publicado en el número 02 de la revista Marabunta.

Ilustración de Angel Saldivar. Visita su facebook.

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Mundos de bolsillo

Por Jesús González Mendoza

 

Infanticida

 

Vendo zapatos de bebé. Usados.

 

 

Cuestión filosófica

 

No es el alma: sólo encontré vísceras al diseccionarla.

 

 

Vida extraterrestre

 

Encontramos vida extraterrestre.

Próxima en supermercados.

 

 

Caníbal

 

El caníbal, tras una reflexión profunda, decide ser vegetariano y sólo comer las plantas de los pies y las palmas de las manos.

 

 

En una ciudad de México

 

Había muertos por todos lados: debajo de las camas, detrás de las puertas; en el baño, en la cocina; en las fosas nasales, en la mugre de las uñas y entre los dientes.

 

 

Cacería

 

Fingirse dormido: única forma de matar dinosaurios; técnica descubierta por Monterroso.

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Microcuentos publicados en el número 52 de Punto en línea.

Canicas

por Jesús González Mendoza

 

Un profesor de la Facultad de Historia de la UNAM hablaba frente a todos sus alumnos, que se caían de sueño: «Los niños jugaban un extraño y aburrido juego con bolas de cristal, se llamaban canicas», les decía.

 

Alarmados por la inflación y por la devaluación en el país, se reunió a los principales investigadores de la materia. Se hicieron varias propuestas, unas muy descabelladas, como producir nuestros propios productos. Al final, se llegó a lo más conveniente para todos: hacer moneda oficial el dólar estadunidense.

 

Un profesor de la Facultad de Historia de la UNAM hablaba de héroes nacionales: de Fox y Calderón, de Peña y Slim.

 

En México ya nadie alburea ni dice maldiciones, todos nos hicimos cultos: leemos a Coelho.

 

Aviso: se solicita interesado para trabajo de Presidente de la República. Requisitos: buen peinado y experiencia diciendo pendejadas.

 

En México ya nadie es pobre, todos tenemos trabajo, somos felices, eso nos dicen. Tenemos jornadas laborales de quince horas.

 

Don Roque es bastante viejo, está lleno de arrugas. Se dice que vivía desde antes que nuestro país fuera prospero como lo es hoy, aunque nadie ha logrado entender por qué vive tan triste.

 

Un profesor de la Facultad de Historia de la UNAM hablaba de una extraña comida llamada «tacos». Todos hacían gesto de asco.

 

En México ya nadie es católico, ni cristiano, ni judío; ahora todos somos ateos, gracias a Dios.

 

Alarmados por la cuestión ambiental en las grandes ciudades, se reunió a los principales investigadores de la materia. Se hicieron varias propuestas, unas muy descabelladas, como dejar de usar combustibles fósiles. Al final, se llegó a lo más conveniente para todos: usar tanques de oxígeno.

 

Entre ellos iba un viejo, un niño y un profesor. Los llevaban porque querían «hablar», les decían, que no iba a pasar nada. Les dijeron a todos que se pararan sobre una línea. ¡PAM! Fuego. «Adiós», dijo el general.

 

Aviso: se solicita interesado para trabajo de Presidente de la República. Requisitos: no amar a México.

 

Don Roque es bastante viejo, está lleno de arrugas. Se dice que vivía desde antes que nuestro país fuera prospero como lo es hoy, aunque nadie ha logrado entender por qué fue encarcelado.

 

Varios niños jugando con su consola última generación, intentaban hacer bailar un pequeño objeto virtual. El juego se llama «Trompo».

 

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Cuento publicado en el número 2 de la revista Kamikaze.

Nimios sobre los moasif

Por Jesús González Mendoza.

 

Los moasif son bastante pequeños, por lo que tienen que andar con cuidado cuando caminan para que las pulgas no los pisen y queden aplastados.

Los moasif tienen sus leyes bastante bien organizadas: la número uno es «no tener leyes», las demás no importan.

Los moasif fueron de día de campo en la noche porque les gusta más.

Los moasif viven todos en el mismo palacio. Cuentan las malas voces que ahí se la viven en orgía. Lástima que no me inviten.

Los moasif son bastante rijosos, por eso no les gusta estar solos.

Los moasif no tienen manos, por eso todos se ayudan unos a otros: hay que ayudar a los discapacitados.

Los moasif se divierten tanto contando historias. Sus favoritas son unas de unos seres imaginarios que nombraron «humanos».

Los moasif son muy trabajadores, por lo que siempre tienen comida en exceso. Para que se les acabe tienen que hacer fiestas muy seguido.

Los moasif son de todos los colores: hay blancos, negros, morados, azules, rojos, pistache, rosa mexicano, amarillo fosforescente e incluso hay unos cuantos transparentes.

Los moasif, cuando hacen fiesta, no saben a quién festejar, así que festejan a todos. Se dan abrazos los unos a los otros y se dicen «feliz felicidad».

Los moasif son bastante grandes, por lo que tienen que andar con cuidado cuando caminan para que no pisen a los humanos y queden aplastados.

Los moasif no tienen manos, por eso le piden ayuda a otro moasif para masturbarse.

Los moasif no tienen gobernador porque son bastante flojos como para ir a votar.

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Ilustración de Luciana Helguera. Más de su trabajo en su facebook o tumblr.

Cuento publicado en la revista Marabunta.

Cae

por Jesús González Mendoza

 

Ve a lo lejos el objetivo. Apoya con firmeza la culata contra el hombro. Siente el gatillo, frío. Recarga la mejilla en la cacha de madera. El corazón le retumba en los oídos. Acompasa la respiración. Cierra los ojos. El ritmo cardiaco disminuye. Abre los ojos. Su cara refleja concentración. Busca el objetivo con la mira: una botella de vidrio acomodada sobre un poste de la cerca del rancho. Sus amigos están detrás, guardan silencio; ya hicieron sus apuestas. Encuentra el objetivo, lo mantiene en la mira. Pone firmes las piernas. Frunce el ceño.

Jala el gatillo.

La bala sale invisible a los ojos. Se escucha el tronido. Todos se tapan los oídos. La bala rompe la botella y sigue su trayectoria. A cien metros, don Eutimio cae de su caballo. Todos corren mientras uno grita: «¡Te lo chingaste, cabrón!».

 

Cuento publicado en el Colectivo Resortera; seleccionado para la Antología Resortera 2014.